Caerme

Nos está resultando difícil sentirnos seguros.

Todos contamos con personas y lugares favoritos que nos hacen sentir seguros.

Que, con ellos y en ellos, estemos libres de peligro, es otro cuento.

Estando con una de mis personas favoritas, en uno de mis lugares favoritos, me caí. Literalmente. Al suelo. Por partida doble, me sentía segura, contenta y conectada. Y, sintiéndome así, me caí. Íbamos conversando, animadamente, sobre la necesidad de prestar atención a las amenazas que nos rodean. Mi amiga, a mi lado, advirtió y me advirtió de una amenaza real en nuestro camino. Y dos veces, no una, sino dos veces, ignoré su advertencia. Por ir concentrada en explicar cómo el miedo es una emoción valiosa que busca protegernos y que por eso necesitamos prestarle atención, no le presté atención.

“¡Maca, nos vamos a caer!” me dijo. Dos veces.

Y nos caímos, literalmente, al suelo.

A la advertencia que por tercera vez ignoré, nos caímos. La vencida.

Así fue como quedé: vencida por la ignorancia, con las manos en el suelo, al lado de una de mis personas favoritas, en uno de mis lugares favoritos, sintiéndome -ahora- absolutamente inestable, ridícula y desconcertada.

Si bien el golpe a nuestros cuerpos, afortunadamente, no dejó secuelas importantes; aún intento comprender todo lo que cayó, conmigo, en esa caída.Cuando toqué el suelo, me costó un buen rato volver a reponerme. ¡Estaba en shock! En parte aún lo estoy, por lo que me recordó el suelo: en tu lugar seguro puedes caer. No hay garantías contra caídas. Como no las hay contra la vejez, la enfermedad, la muerte y contra el colapso de todo aquello (personas, lugares, civilizaciones, formas de vida, etcétera) que nos rodea.

Una querida amiga, también de mis personas favoritas, me pregunta qué es lo que digo cuando insisto en que “el mundo se cae a pedazos”. Otra me propone cambiar la narrativa. Seguro no es fácil escucharme decir esas palabras, insistir en ese punto.

Un mundo se cae a pedazos, como yo me caí, de un pedazo, esa vez. Como me caigo a ratos, cuando algunas cuestiones me abruman, cuando sobrepasan mi humana y humilde capacidad para adaptarme a ellas. Suele ocurrirme en el segundo semestre del año. Seguro algunos resuenan con esa experiencia. Estoy en ello hace un rato. Y parece que, para quienes andamos por ahí altamente sensibles, está resultando aún más desafiante en este tiempo post-estallido-pandemia (si es que podemos decirlo así).

“Demasiada” vorágine, ruido, luz, movimiento, compromisos, estímulos, amenazan la seguridad de mi equilibrio. Tambaleo. Y a veces caigo. Afortunadamente, en el mundo material en el que prefiero vivir, encuentro a mi lado personas con las que puedo levantarme y reír del golpe al ego que implica tambalearse y caer.

Reírme me conecta con la humildad, esa que me recuerda mi vulnerabilidad siempre presente. Reírme me recuerda mi frágil humanidad y la gravedad de la fuerza que me llama cuando caigo. Porque no lo hago al vacío. Es al suelo. Entonces, esa parte sabia de mi corazón atolondrado que cae, me recuerda que puedo dejarme sostener por la Tierra;  que, firme y estable, me recibe, que recibe todo cuanto sobre ella cae, sin pedir explicaciones, ni dar lecciones; simplemente con los brazos abiertos, abiertos al desconcierto que nos inunda cuando caemos.

A quienes, como yo, se conmueven por los cambios, incertidumbres e inestabilidades que nos constituyen, les ofrezco parte de la cosecha que caer ofrece:

1 Los lugares seguros se caen

Como dice Jorge Luis Borges: “no hay otros paraísos que los paraísos perdidos”. La preciosa joya de estar vivos, se pierde. La sensación de estabilidad que nos embarga, cede. Las certezas de turno, las ideologías que se promueven, las ilusiones que se venden, los proselitismos que nos inundan, los cuentos que nos compramos, todo se pierde. La flor más bella y el fruto más jugoso, todos terminamos siendo compost, alimentando el porvenir.

A pesar de la sensación de seguridad de mi lugar favorito del mundo mundial, a la que me apego, en él caí. Y dolió. Y duele. ¡Cómo quisiera que en ese lugar, nunca cayera! Una parte dentro de mí añora la figura mítica del útero: volver a estar plenamente contenida y segura. Una parte que debe morir para llegar a ser plenamente humana, antes de morir, como dicen por ahí. De algún modo, el desconcierto de esa caída me recuerda el chiste del sujeto abatido en el suelo, al que le preguntan qué le pasó y responde: nací. Primitiva y primigenia experiencia de caída que compartimos. Y de la que nos puede costar una vida entera recuperarnos.

La ironía de la caída no tiene solo que ver con que haya sido precisamente en mi lugar seguro del mundo mundial (¡Maca, no te confíes!) sino que también con haber estado hablando justamente de cómo y cuánto necesitamos prestar atención al miedo para protegernos. Dime qué promueves y te diré de qué adoleces. Humana incoherencia que dos veces me hizo desestimar las advertencias de mi amiga que sí prestó atención al riesgo de caernos.

Reconozco entonces cuánta distracción me invade cuando me siento segura, cuánto riesgo reside en ello, cuán fácil me resulta perder de vista la justa medida de miedo que me permita protegerme. ¿Será que la propaganda de sobreexplotación del miedo, de la que somos víctimas, me está volviendo inmune a él? Algo así cómo el cuento del lobo. De un tiempo a esta parte, mi vida se llenó de Pedritos. Y me está costando mucho trabajo creerles. Y los lobos, hasta dónde sé, aún no se extinguen. Siguen aquí, entre nosotros, incluso en nuestros lugares favoritos, en nuestras personas favoritas y aún más, dentro de nosotros mismos.

2 Caer duele

Ni joven, ni jovial, caer comienza a ser asunto serio.

Lo era también cuando tenía 5 y 15 y 25 años. Caer duele. Siempre. Lo que creías estable y firme, por unos momentos dejó de serlo. Darte cuenta impacta, conmueve, asusta y duele. En el cuerpo. Ahí duele, en el cuerpo, siempre, independiente de que la caída haya sido literal o simbólica.  Caer duele en ese cuerpo que aún somos y que está presente en todas nuestras experiencias. Así como la Tierra nos recibe con los brazos abiertos, nuestros cuerpos reciben en los brazos abiertos todas nuestras caídas.

Del dolor del cuerpo no podemos librarnos, por más metaverso, online y virtuales que nos creamos. Como no podemos librarnos de caer.

“No pasa nada”, “no pasó nada”. ¡No! Lo siento. Sí pasa, sí pasó cuando alguien cae, cuando la realidad frustra nuestro deseo, en esa capacidad gloriosa que tiene la realidad de ser lo que es, no lo que debería ser, no lo que queremos que sea, ni lo que nos merecemos. Esa realidad (interna/externa) que está a la distancia siempre suficiente de nuestro deseo, para garantizarnos la cuota suficiente de frustración que nos permita madurar, para llegar a ser plenamente humanos. Al menos antes de morir.

Algo le pasa siempre a todo el que está vivo y cae. Que seamos conscientes de ello y nos hagamos cargo de procesar ese dolor es otra cosa. Cosa de la mayor importancia, de la misma gravedad de la fuerza que nos llama al suelo cuando caemos. Algo pasa que duele, como duele perder la salud, la vida, las personas que queremos, los proyectos que soñamos, etcétera.

Cuando insisto en que el mundo se cae a pedazos, lo que estoy diciendo, amiga mía, es que es MI mundo el que se cae a pedazos, el único que conozco, el que me vió nacer, crecer, aprender, sangrar, enamorarme, titularme, reproducirme, trabajar, fracasar, reír, llorar. Cuando mi mundo se cae a pedazos, yo caigo con él.

La pérdida de estabilidad, de esperanza, de biodiversidad, de respeto a la vida, de confianza en las instituciones, de intimidad en las parejas, de solidaridad en las comunidades, de armonía en las familias, de salud mental entre nosotros, no son fantasías ni especulaciones de mi sistema de amenaza. Es la constatación de hechos, a mi alrededor, que duelen.  Duelen porque importan. Me duelen porque me importan esos pedazos que se caen. Me importaban antes, me importan ahora y me importarán siempre. Entre otras cosas, porque de ese dolor nuestro es que va a nacer la continuación que sea que venga a este mundo que se cae a pedazos. O al menos así se supone que sea. Algunos dicen que si somos conscientes de ese dolor nuestro, en vez de seguir distraídos o anestesiados; si, en vez de transformarnos en activistas y/o agentes de cambio, actuamos, cambiamos y hacemos ese trabajo interno, desafiante y valiente, de hacernos cargo de comprender con compasión e integrar ese dolor, quizás del compost nuestro salga una nueva tierra. Quizás…

3 No caemos solos

Dicen que nacer y morir lo hacemos solos. Estoy en completo desacuerdo. Cuando nacemos es más evidente, cierto? Nacemos desde un ser humano. Al menos aún así lo hacemos: todavía venimos de alguien. De alguienes, para ser exactos. Al morir, nos vamos de alguien, de alguienes.

Independiente de los seres humanos de los que venimos y de los que partimos, es a la Tierra que venimos. Y es de la Tierra que nos vamos. Con ella, en ella, siempre estamos. Y ella nos sostiene, firme y estable, siempre. Sin pedirnos nada a cambio. Nada. Pura bienvenida con la que nos viene bien hacer las paces. En serio y en serie.

Entre nacer y morir caemos varias veces. En todas ellas nunca estamos solos. Que le prestemos nuestra atención, a quienes están a nuestro alrededor, es otra cosa.

Cuando nos caimos con mi amiga, valoré la preocupación que cada una expresó por la otra, la ayuda para levantarnos del suelo, las risas que compartimos y las conversaciones que surgieron entre nosotras sobre los límites a nuestras humanas capacidades de conciencia y coherencia.

De ese momento a la fecha, he tenido varias caídas más. En cada una de ellas puedo reconocer que no estuve sola, para recibir el desconcierto y el dolor de caer.

Cuando caigo, como cuando veo mi mundo caer, necesito que me abracen. Simplemente. No que me digan que “todo va a estar bien” (esa teoría conspirativa ampliamente difundida), ni que me digan que  “no pasa nada”. No sé si te has dado cuenta, pero está pasando mucho. Estamos cayendo y duele. Si nos abrazamos, al caer, sana la herida. Como lo hacen al final en la película “No mires arriba”, cuando las personas, en la mesa, se toman de las manos mientras esperan el final.

De lo contrario, si no nos tomamos de las manos, si no nos abrazamos, vamos a seguir marinándonos en nuestros traumas, como le escuché brillantemente plantear a una persona hace poco.

4 De conectar se trata

Si no existe lugar con garantía contra caídas, si caer duele y no estamos solos, entonces será que el que estemos juntos tiene algo que decir al respecto, no?

Somos seres sociales desde nuestro día uno, a nuestro último día en esta Tierra. Gracias a otros es que llegamos a este mundo y junto a otros es que partimos. Entremedio, toda oportunidad de vida se ofrece como ocasión para aliviarnos, entre nosotros, del dolor de existir. Lo hace el pecho que buscas al nacer, la mirada que buscas al crecer, el abrazo que buscas al enamorarte, la escucha que buscas al gozar y al sufrir, etc.

Nos necesitamos unos a otros. Estamos diseñados para calmarnos con otros del dolor de caer. La mirada del otro, la palabra del otro, la presencia del otro, la existencia del otro nos sana. Lo venimos haciendo desde que estamos en la faz de esta Tierra. Sucede que, a veces,  perdemos un poco la práctica. Ni qué decir en estos tiempos estallados y pandémicos. Nos viene bien recordarlo. Al menos así creo, humildemente.

Por ahí sostienen que la salud tiene una fórmula universal. Se llama equilibrio. Ni mucho, ni poco. Lo justo. El “punto medio” le llaman otros. El “óptimo” también lo llaman.

Hay dos equilibrios que a mí me ayudan significativamente. Uno es el equilibrio emocional: me mantengo en pie cuando mis emociones están equilibradas. Si se desequilibran, caigo. Así de simple. En serio, literal y simbólicamente. En el caso con mi amiga: demasiada pasión en la conversación me hizo perder de vista el miedo a caer. Dí por sentado que seguiría sentada. Me equivoqué.

Todas las emociones en equilibrio incluye la justa medida de rabia, miedo, asco, pena. Sin dejar ningún afuera, es como me mantengo firme y estable, como la Tierra inmensa que me sostiene y que, sin necesidad de juzgar ni condenar,  hace compost de todo lo que en ella cae.

El otro equilibrio es de lo hago para equilibrarme, cuando tengo la fortuna de darme cuenta de mi desequilibrio. Una parte es lo que puedo hacer por mí, mis propias herramientas si quieres. La otra parte es del otro, el otro como herramienta si quieres. Por ejemplo, la parte  mía propia, suele ser ir a mis lugares favoritos, a hacer mis cosas favoritas. La del otro, es el poder que tienen sobre mí mis personas favoritas, para hacerme sentir contenta y contenida. Yo me inclino hacia una de esas dos. Me sale más cómoda una que la otra.

Para honrar el equilibrio, para recuperarme del desequilibrio cuando caigo y regar mis semillas de resiliencia para todas las caídas que se vienen, intento ahora cultivar la otra parte. Porque sé que el destino de todos -y todo- es el compost.

Así es que, para terminar, agradezco profundamente la lección de humildad y humanidad compartida que cada caída me refresca, agradezco mi capacidad de conectar con la Tierra que me sostiene cuando caigo, cuando dejo caer lo que ya no me sirve y cuando suelto esa tentación ilusoria de creerme independiente, imbatible e infalible. Gracias gracias gracias a mis caídas. Por el alivio de sufrimiento que recibo, por el alivio de sufrimiento que me permite ofrecer y, en especial, por el alivio -dulce y amable- que me permite ofrecerme a mí misma cuando recuerdo.

Mientras más me acerco a mi muerte, más agradezco esa capacidad nuestra de conectar con otros que están interdependiendo, abatibles y falibles, deteniéndose sin prisa a la orilla del camino, para conversar y reflexionar sobre lo que significa nacer, disfrutar, caer, crecer y morir como seres humanos en este peculiar siglo XXI que cohabitamos.

¡Gracias por ser Tierra presente y conectar con estas palabras mías, que brotan en marejadas añorantes de abrazos!

Pd. La fotografía que acompaña esta publicación es obra del artista Martin Hill.

Del control al cuidado

Obra de Mikael Hansen

Vengo posponiendo hace mucho rato escribir esta publicación. Ni siquiera sé si estoy lista para hacerlo ahora. Tal vez escribo para decir que es algo que no tengo claro, algo que aún estoy descifrando. Tal vez escribo para defender mi derecho a no saber, para recordar que es algo que me sucede, precisamente, cuando se trata de cuestiones que me cuestan, que me amenazan. Y, quién sabe, tal vez una publicación como ésta me ayude a sostener mis temores, mis cuestionamientos. Así es que, sin ánimo alguno de resolverlos; vengo a describirlos y a compartirlos contigo. Gracias por estar ahí.

Hace años trabajé en un equipo en el que todo iba bien, hasta que simplemente dejó de hacerlo. Comenzaron a ocurrir irregularidades, a asomarse conflictos, diferencias con franco olor a injusticias e incomodidades varias. Y de varias personas. En un intento por resolverlas, pedimos ponerlas sobre la mesa y conversar abiertamente de lo que nos estaba pasando. Nos movía rescatar el clima cómodo que había caracterizado el trabajo juntos hasta esos tiempos. No fue posible. La petición de diálogo no fue acogida. Y ahí se me prendió inmediatamente mi sensor de peligros. Porque cuando no hay espacio para el diálogo, cuando falla la palabra, lo que viene es violencia. Y no me interesaba estar ahí presente cuando eso ocurriera, si ocurría. He aprendido a prestar atención a la activación de mi sensor y a las ventajosas consecuencias de hacerlo.

Cuando arrecia el peligro entre personas que lo ven, aparece la necesidad de hablar de ello para resolver. Eso hicimos, entre nosotros. Sin contar con quienes estaban en condiciones de resolver los conflictos: los responsables del equipo. Así es que fuimos varios los que decidimos renunciar y retirarnos.

No fue la primera vez que me retiraba de un lugar por hacerle caso a la activación de mi sensor de conflictos insalvables. Lo que hizo que esta fuera especial es que hace poco me entero que personas que trabajaban en ese equipo actualmente liberaron acusaciones de abuso sexual y acoso laboral contra el dueño y director del equipo.

No fueron exactamente esos los motivos por los cuales nos fuimos, los que nos fuimos hace años atrás. Creo que los pre-sentimos, los pre-leímos y coincidimos en que ese lugar dejó de ser un lugar seguro para nosotros. Y arrancamos. Cosas que uno puede hacer, a veces, cuando arrecia el peligro.

Si bien no me sorprendió la noticia de las denuncias, sí me conmovió pensar en quienes no arrancaron de ese lugar que no era seguro y sufrieron las consecuencias. Por eso, al poco tiempo de esa noticia, estando yo sensible al tema de la seguridad de los lugares,  estando en otro grupo recién formado, me asusté al oír a alguien decir con tanta naturalidad “como este es un lugar seguro”. Al escucharla se me prendieron todas las alertas. ¡¿Lo es?! ¡¿Cómo sabes si lo es?! Sobre todo si llevábamos tan sólo unas 2 o 3 reuniones.

Comentándolo luego con unas colegas, que no forman parte de ese grupo, mirándolo con distancia, nos parecía, más bien, que lo que la persona hacía era expresar su deseo de que ese fuera un lugar seguro; más que una constatación lúcida de que ese lugar lo fuera. Darlo por sentado como lugar seguro, así, de una forma que me pareció tan apresurada y superficial, llamó mi atención y prendió mi sensor.

¿Por qué? Más allá de la sensibilidad que me dejó la noticia de las denuncias del equipo al que renuncié, se me prendieron las alertas porque lo que venía después de esta supuesta constatación de seguridad que declaraba esta persona, era el permiso que esa constatación le daba, para compartir cuestiones íntimas de su quehacer profesional. Me parece a mí que todos merecemos hacerlo en un lugar seguro, si es que nos interesa hacerlo de un modo en el que nos cuidemos. Porque la intimidad se trata de exponer y compartir nuestras vulnerabilidades. Y cuando lo hacemos, es cuando más expuestos estamos a ser dañados. Por eso la alerta de mi sensor. Que quedó en eso no más, porque nunca dije nada al respecto a nadie. Del mismo modo en que tampoco dije nada en otro grupo en el que vino a actuar mi sensor. Por eso vengo ahora a publicarlo aquí, naturalmente. Por la palabra, ahora y siempre. Cuando sea su tiempo y su espacio. Que sea!

Con algunas personas compartíamos intereses comunes y nos reuníamos por primera vez, para diseñar qué podríamos hacer juntos. Propuse una idea que conocía de cerca,  porque la había estado practicando con un grupo de colegas cercanas, con resultados que considerábamos muy valiosos para nosotras, en la medida en que habíamos creado una intimidad que protegía suficientemente la vulnerabilidad que compartíamos en este grupo. Porque lo habíamos construido y cuidado como un lugar seguro para lo que estábamos haciendo y para nosotras. Cuidar la seguridad del lugar implicaba un fuerte compromiso y responsabilidad con la asistencia y participación en el grupo.

La idea generó un espontáneo interés y una entusiasta acogida que, nuevamente, me pareció prematura e irreflexiva. Entonces, dadas las dos experiencias anteriores (la noticia de las denuncias y la persona que daba por sentada la seguridad de un lugar, sin examinarlo) advierto abiertamente la necesidad de contar con un compromiso responsable para cuidar el espacio de intimidad que se despliega en esa idea.

Cuál sería mi sorpresa cuando una persona, ingratamente sorprendida, medio moleta e incómoda dice “yo pensé que este era un lugar seguro”. De un momento a otro, pasé de ser la que promovía una fórmula de reunión, a la que cuestionaba si es que eso era posible. Eso puede suceder cuando nos detenemos a examinar con calma y conciencia cuáles son las condiciones para cuidar los espacios en los que compartimos vulnerabilidades. Si bien no fue grata ni cómoda la sensación, fue coherente con mi sensor. Y eso me resulta más importante que la comodidad de sentirme grata.

¡Que diferentes somos al momento de discernir si es que un lugar es o no seguro!

Cuando un lugar deja de parecerme seguro, es porque estoy en riesgo de salir dañada o de dañar yo a otros. Cuando eso ocurre, me asusto y cuando nos asustamos una de las respuestas naturales que emerge es huir. A veces podemos hacerlo y a veces no logramos protegernos. No siempre podemos hacerlo…

Saber de las denuncias de abuso me alegró y me apenó, al mismo tiempo.  Algunos logramos protegernos y otros no. Me alegra saber que algunos cultivamos ese sensor en nuestro interior y seguiremos afinando nuestro oído a sus señales Y me apena saber que para otros, esa valiosa herramienta de autocuidado, es -por el momento- una desconocida.

¿Cuáles son los criterios para reconocer si es que un lugar es o no un lugar seguro? En mi opinión, en un caso –el de las denuncias- la falta de espacio para el diálogo sobre las incomodidades fue criterio suficiente para volverlo inseguro. En el segundo –de la persona que declara como seguro el lugar sin cuestionárselo- la cantidad de personas amenazaba la seguridad respectiva para compartir vulnerabilidades del quehacer profesional. Y el otro –el de la falta de conciencia del nivel de compromiso que protege los espacios de intimidad- la incertidumbre respecto al nivel de compromiso con la participación que las personas iban a mostrar con el grupo, fueron los que encendieron mis alertas.

Desde que me mueve, y conmueve la compasión, me desconcierta constatar lo expuestos que estamos a dañar y ser dañados y la poca conciencia que, a ratos, tenemos de ello.

A veces es tan grande nuestro deseo, incluso nuestra necesidad, de contar con un lugar seguro que simplemente lo damos por sentado, sin cuestionar si es que cumple o no con los criterios que nos parecen importantes para cuidarnos.  ¿Sabemos cuáles son esos criterios? ¿Nos hemos detenido alguna vez a comprenderlos?

Un texto que me encanta, hasta hace poco me arrojaba pistas al respecto. Dice así “comienza por hacerle caso a tu sonrisa”, como si la sonrisa fuese señal de que estás en un lugar seguro. Algo así como: si sonríes, es porque estás protegida. ¡Tamaña ingenuidad!

Hay sonrisas de placer y hay sonrisas de bienestar. Y son dos cosas distintas. Una incluye a la otra, el bienestar implica el placer. Más el placer no asegura ni conduce necesariamente al bienestar. Porque  resulta que hay placeres que se nos exceden y se nos vuelven adicciones que nos dañan. Y no por eso dejan de aparecer entre sonrisas y de parecer sonrisas.  Por lo tanto, quiero desenmascarar a la sonrisa. En sí misma deja de ser un indicador confiable, a no ser de que tengamos afinado el radar de la sabiduría compasiva dentro de nosotros, de nuestros grupos, equipos y comunidades.

Podemos sonreír a lo largo y ancho del mundo mientras nos hundimos, sin darnos cuenta de ello.

Reconocer la diferencia entre las sonrisas confiables y las que merecen una exhaustiva revisión crítica me está apareciendo cada día más relevante. Así como hay alimentos que nos nutren y otros que solo entretienen nuestras tripas, hay comunidades que nos protegen, que cuidan no dañar nuestras vulnerabilidades insalvables y otras que no.

Cada vez me resulta más claro que, más allá o más acá de las psicopatologías y traumas complejos de cada quien, la única respuesta que nos sirve para reconocer qué lugar es seguro y cuál no, en cuál estamos cuidados y en cuál expuestos, está en los límites que trae tomar conciencia de la posibilidad de daño. ¿A qué me refiero? Un lugar seguro es el que tiene límites que cuidan. Y un lugar deja de ser seguro, una persona deja de ser segura, un equipo deja de ser seguro, una comunidad deja de ser segura, un planeta deja de ser seguro, cuando se transgreden los límites que cuidan.

Y vengo aprendiendo, en el último tiempo, que no se trata de controlar, sino de cuidar. Que también son dos cosas distintas. Controlar es una respuesta que nace de la amenaza. Cuidar es una respuesta que nace de la compasión. Confinarme es un asunto de control, cuidarme es otra cosa. Y se parece menos a una burbuja de cuarentena y más a una interacción interdependiente.

Se trata de cuidar, justamente a partir de mi conciencia de que hay cosas que no puedo controlar. Se trata de cuidar para prevenir dañar y/o ser dañado. De esos límites se trata un lugar seguro, una persona segura, un equipo seguro, una comunidad segura, un planeta seguro.

Cuando falla la palabra, viene la violencia. Cuando fallan los límites, lo que viene es el colapso, el colapso del cuidado de las condiciones que sostienen la compasión y la vida, esa que es buena y bella para todos. Todos.

Creo que para nadie es una sorpresa reconocer el escuálido valor de los límites a nuestro alrededor.

Una amiga me comparte un artículo en el que se expone cómo el culto al niño de nuestro siglo se traduce en parentalidades intensivas. Así como hay ganadería intensiva y agricultura intensiva. Estas formas de ser padres de nuestros tiempos, entre otras características, muestran una importante disminución en las restricciones hacia los niños en la crianza. Casi como si los niños de hoy, sin límites, pudieran hacer todo lo que quieren. El artículo, como en función de sensor de peligros, nos advierte las espeluznantes consecuencias que esto trae a la salud mental de niños y sus padres.  Y extiende las nefastas consecuencias también para los profesores y para las comunidades escolares.

Sin límites invitamos, lo queramos o no, estemos o no conscientes de ello, al desborde y al exceso. Y eso, a veces, nos daña. Los niños, y también los adultos, tenemos un límite a lo que somos capaces de procesar. Los excesos nos exceden. Nos dañan. Así de simple. Un helado es rico, 5 me enferman. ¿Se entiende?

No solo convivimos con un culto a los niños en nuestro siglo. Como dice otro amigo, convivimos con esta pandemia, o pandemanía, que nos rodea y nos pretende envolver con un culto a la seguridad, entendida como la ausencia de riesgo que nada tiene que ver con cómo entendemos esta compleja red interconectada que es estar vivos. Básicamente lo que quiero subrayar es que si bien los límites no garantizan la ausencia de riesgos, cuando no los hay, aumentan los riesgos a dañarnos y dañar a otros. Y algunos queremos cuidarnos de eso.

“Los límites nos protegen” proclama un texto bellamente enmarcado en la consulta de una de mis bellas socias, de esas con las que nos encontramos en el sentido y cuidado de las condiciones que, precisamente, enmarcan con delicadeza nuestro trabajo psicoterapéutico.

Claro que sí, los límites nos protegen, cuando los conocemos y los respetamos. Si no, no sirven de mucho más que de una declaración de intenciones y de principios. Y en esto,  estoy de acuerdo con otro amigo que, reconociendo la relevancia de tomar conciencia del valor de nuestras intenciones, nos recuerda que no bastan para evitar realidades difíciles. Por más que nuestras intenciones sean todo lo nobles que puedan ser, ninguna garantía nos da esa nobleza del resultado noble de las circunstancias. Pretender que mi intención basta para crear la realidad, dice mi amigo, sería una perversión tanto de la sabiduría antigua como de la física cuántica.

Entonces, ante la duda de si un lugar, persona, equipo, comunidad, planeta, es seguro o no, bien nos viene abstenernos, retraernos para mirar en perspectiva, fijar límites, respetarlos y cuidarnos.

Hasta aquí esta publicación es una más de las que suelo escribir. En este caso, con la intención de recordarnos que los lugares –y las personas- seguras son las que tienen conciencia del valor compasivo de fijarnos y respetar límites que previenen que dañemos y que nos dañen y que alivian nuestros sufrimientos, para disfruta de ser y estar en lugares seguro para nosotros mismos y para los demás

Y esta publicación hubiera llegado hasta aquí, y me habría ahorrado la procastinación que la ha acompañado, si es que no me hubiese encontrado con una invitación a reflexionar seriamente sobre la necesidad que tenemos, todos, de adaptarnos profundamente a la inseguridad de los lugares que como humanidad habitamos. Entiéndase la forma de vida que llevamos, la civilización consumista que construimos, las crisis climáticas que nos rodean, los colapsos de todo orden que nos circundan, etc.

Si no me hubiese encontrado de frente con el serio cuestionamiento sobre la seguridad del mundo que conocemos, ese que a ratos siento que se cae a pedazos, esta publicación sería más corta, más simple, más rápida, más prematura tal vez y más irreflexiva también. Resulta que descubrí que hay otros en el mundo que piensan y sienten igual que como vengo sintiendo. Y me doy cuenta que necesito tiempo y espacio para detenerme con conciencia, cordura y calma a recorrer -con otros- esos caminos de adaptación profunda a una forma de pre-sentir y pre-leer la situación en la que nos encontramos.

Como tengo la sensación de que me estoy alargando mucho con esta publicación y tengo a mi lado, siempre, la duda sobre el sentido de escribir, ahora dudo sí contarte o no qué es “adaptación profunda”. También dudo (¿viste? por eso he dudado tanto de escribir esta publicación) cómo hacerlo, para qué hacerlo, por qué hacerlo, si quieres que lo haga, uf, mi neurosis baila sin límites sobre la mesa mientras trato de reconocer si es que este lugar, este espacio plano, cibernético y binario, si este blog, es o no un lugar seguro para compartir contigo este tema que conmueve profundamente mi vulnerabilidad.

Como es un camino sobre el que estoy dando mis primeros pasos, los doy como se dan los primeros pasos: tambaleando con gusto y con susto. A su vez, con determinación y conciencia de que me voy a caer, no una, sino muchas veces, antes de avanzar y/o al avanzar. Por ende, ando en búsqueda y encuentro de personas que me acompañen a hacerlo, ofreciéndome una mano que sea suficientemente segura. Quizás cuando lleve algo recorrido vuelva aquí a contarte. Quizás no. Quién sabe. Mientras, si quieres, puedes siempre descubrir por ti misma(o) qué es “adaptación profunda”.

En honor a los límites que me invitan a respetar los tiempos de tu curiosidad, voy a dejar esto hasta aquí y, para despedirme, dejo unas palabras, no para que cierren, sino para que abran tu inspiración a detenerte a descubrir y valorar esos límites que cuiden que seas un lugar seguro para ti y para los demás, y que te permitan reconocer cuáles son y cuáles no son lugares seguros para habitar, y así puedas celebrar los que lo son y alejarte de los que no lo son.

Contención

Poema de Katie Carr

¿Qué pasaría si todos nos sintiéramos lo suficientemente seguros?

¿Lo suficientemente seguros para jugar?

¿Lo suficientemente seguros para compartir?

¿Lo suficientemente seguros para dar?

¿Lo suficientemente seguros como para correr riesgos?

¿Lo suficientemente seguros como para reducir la velocidad?

¿Lo suficientemente seguros como para sentir dolor?

¿Lo suficientemente seguros para descansar?

¿Lo suficientemente seguros para crear?

¿Lo suficientemente seguros para bailar?

¿Lo suficientemente seguros para dejar ir?

¿Lo suficientemente seguros para amar?

¿Lo suficientemente seguros para llorar?

¿Lo suficientemente seguros para entristecerse?

Lo suficientemente seguros para morir

Fuente: https://insight.cumbria.ac.uk/id/eprint/5792/1/Bendell_FacilitationforDeepAdaptation.pdf

¿”cero conciencia”?

Una de las cuestiones impresionantes que viví cuando me formé como terapeuta centrada en la compasión, fue mirar de cerca mi autocrítica. Hacíamos un ejercicio de visualización en el que le das una imagen a tu voz autocrítica. Por ejemplo: una bruja, un ogro, una araña, una tormenta, etc. Sin entrar en mayores detalles, sólo déjame contarte lo curioso que fue mirar de frente esa imagen. Me sorprendió observar lo que me pasaba, apreciar cuáles eran sus intenciones (¡nunca había reparado en eso!) y, por sobretodo, darme cuenta de los efectos que tenía en mí notar la forma en que me miraba esa autocrítica despiadada que todos llevamos dentro y oír lo que me decía.

Conocía de memoria sus frases y sentencias lapidarias. El tono también. Conocía muy de cerca las consecuencias que traía en mí: sentirme avergonzada de quién soy, sentirme una mala persona, incorregiblemente insuficiente e inadecuada; con ganas de mandar todo, incluyéndome, a la mierda. Qué movía a mi autocrítica a actuar de ese modo, áspero y rudo conmigo, era algo que desconocía. Casi creo que, incluso, lo justificaba.

Mirar de frente mi autocrítica, en el contexto de esa formación, fue un antes y un después para mí. Porque ¿cómo voy a acompañar a “mis” pacientes, si antes no me ocupo de cultivar en mí misma la intención de poner a la compasión al centro de mi vida? Al menos de probar qué pasa, si es que pasa todo eso maravilloso que dicen que pasa. Y sí, doy fe. Y doy fe por los efectos en “mis” pacientes y en los colegas que se embarcan del mismo modo que yo en esto: intencionando encarnarlo firmemente en sus vidas.

Hay un mundo de diferencia entre acercarte a observar atenta-mente algo, en este caso mi autocrítica, sin tener objetivo compasivo alguno, a hacerlo para justamente aliviar y prevenir tus propios sufrimientos. En eso, como en tantas otras cosas más, estamos todos en la misma. Todos sufrimos, todos necesitamos compasión. Y vaya que sabía yo de los sufrimientos que me ha regalado mi autocrítica en el pasado. Soy una persona bastante crítica con todo, con todos y, naturalmente, en especial y en primer lugar, conmigo misma. Uf! Supieras! He derramado muchas lágrimas sintiéndome incompetente por esa voz autocrítica. Lo he hecho sola, sin que nadie me vea, sintiéndome aún más sola y desamparada.

Después de verle la cara a mi autocrítica, de atreverme a mirarla de frente (no estaba sola cuando lo hice) me decidí a cultivar en serio una voz y una mirada amable hacia mi misma, que mantuviera presente mi condición de ser falible y vulnerable, como todos los que nacemos humanos. Bastantes cosas han cambiado en mi vida a raíz de eso y quiero contarte un ejemplo que me ocurrió la semana pasada.

Porque una cambia, sí, en serio, cuando te comprometes a mirarte y hablarte con compasión, siendo sensible a tu sufrimiento y reconociendo tus ganas de aliviarlo. ¡Y es hermoso!

La situación fue la siguiente: uno de los grupos chiquititos y orgánicos de los que formo parte es una Fundación, de la que soy voluntaria hace unos cuantos años atrás. Su misión es “contribuir al desarrollo de la conciencia que necesitamos para el cuidado de nuestra comunidad de vida”. Una misión con la que me siento plenamente identificada y que me reconforta siempre. Decidimos organizar un almuerzo para celebrar el cumpleaños de una de nosotras. Estábamos en un lugar y teníamos que trasladarnos a otro. Decidimos ir en auto. Salimos, a mi juicio, con el tiempo “justo”.

Hace un tiempo que me doy cuenta que necesito de 10 a 15 minutos de gracia para circular con conciencia, calma y cordura. Ya sea cuando se trata de llegar o de partir. Cuando no es posible “pago” las consecuencias con un alza en mis niveles de ansiedad, aceleración y sudoración que, cada año que pasa, me resultan menos justos y necesarios. Así sucedió esta vez: por apurarme, cuando pusieron la luz roja, quedé ubicada en un lugar de la calle que obstruía el tránsito. No quería perder de vista el auto de una de mis amigas porque suele serme fácil perderme, así es que no quería quedarme atrás. Ahora que lo pienso, suele serme fácil también encontrarme…pero eso no lo pienso ni lo recuerdo cuando ando con la ansiedad encendida. Así es como funcionan nuestras queridas mentes.

Me di cuenta del problema que le generé a los otros. Me sentí pésimo. Me dediqué a desear que el semáforo avanzara rápido para poder desbloquear la situación y, también, a pedir perdón a las personas con las que cruzaba miradas. Hasta que una de las personas, en un auto perjudicado, baja su vidrio y, mirándome fijamente, me grita: “¡cero conciencia!”.

Pude sentir cómo mi autocrítica detectó la oportunidad para arremeter con sentencias viejas y venir a desplegar su legado de siempre. ¡Esta es la mía! Juro haberle oído decir.

Sin embargo, sucede que ya no es la única voz, ni la única mirada que habita en mi mente. Sucede que una voz clara se alzó desde el centro de mi corazón, por debajo de los latidos acelerados y ansiosos, y me dijo: ¡100% humana!

Eso es lo que soy. 100% humana.

Ni más.

Ni menos.

Con mi autocrítica habría visitado las orillas en las que me culpo y avergüenzo por ser tan inconsistente: trabajar en una fundación que promueve el desarrollo de la conciencia y justamente cometer el error de no haber sido consciente de los efectos de mi acción sobre otros. A la autoexigente que llevo dentro, le parece imperdonable que no haya previsto que podía infringirle un daño a otros, aún cuando no tuviera intención alguna al respecto.

Sucede que cuando andamos con el piloto ansioso al mando, solo alcanzamos a vernos y a salvarnos a nosotros mismos. Las posibilidades de ver/proteger/salvar a otros se reducen significativamente si estamos ansiosos. Es un asunto que nadie decide voluntariamente. Simplemente es como somos los que somos 100% humanos, cuando se activa el sistema de amenaza en nuestro cuerpo/mente y lo único que nos importa es sobrevivir.

De algún siniestro modo, para la vista de mi autocrítica, fue el “peor” insulto que podía recibir en ese momento. Sin embargo, no fue esa voz la que escuché. Y eso me sorprendió.

Fue otra voz. Una nueva que me recordó que soy 100% humana. Que soy una terrícola cualquiera, una criatura más de esta tierra que se pone ansiosa, que no piensa por completo y siempre en las consecuencias de sus acciones, que mi intención de poner la compasión al centro de mi vida y de mi trabajo no me libera, ni excusa de generarle molestias e incomodidades a otros terrícolas, que eso no es mi culpa, sino mi responsabilidad, que son dos cosas completamente distintas.

¿Soy culpable de equivocarme?

¿Quise equivocarme y perjudicar a todos esos colegas conductores?

Más allá de las motivaciones inconscientes que pudiese haber ahí (ni las niego, ni me cierro a su existencia), la verdad es que acepto y asumo, amablemente y sin juicio (¡esa fue la gran novedad!!!!!), mi responsabilidad al respecto. Errar es humano, te acuerdas? Somos, nos guste o no, falibles, vulnerables, imperfectos. Y recordé, luego, cuántas veces he sido yo la que grita por la ventana ¡cero conciencia! a otros. Y me pareció que me quiero bajar de ese lugar y seguir caminando a pie.

Quién soy yo para juzgarme con esa aspereza, del mismo modo que quién soy yo para juzgarte de ese modo y quién eres tú para juzgarme a mí de ese modo.

Que distinto resulta mirarme y hablarme, mirarte y hablarte, cuando recuerdo nuestro derecho a equivocarnos.

En mi experiencia propia y acompañando a personas que se deciden a poner la compasión al centro de sus vidas, me siento una privilegiada de acercarnos a recordar que dentro nuestro, bajo esos latidos acelerados de culpa, vergüenza e inadecuación que crean esos deseos competitivos y perfeccionistas que nos habitan; hay un lugar dulce, blandito, y calentito al centro de nuestro corazón que late con una mirada y una voz amable y sin juicio, para nosotros mismos y para los demás (que es una y la misma cosa) y que solo pretende que estemos libres de sufrimientos y seamos felices.

Agradecida de cada uno de los pasos, personas y encuentros que me permiten ir recorriendo ese camino que me lleva a recordar quién soy cuando vuelvo a mi verdadero hogar, celebro ser 100% humana, ahora y siempre!

pd. la fotografía es obra del artista James Brunt

Caerme mejor

¿Qué sentido tiene el sufrimiento en la búsqueda de una vida buena y bella?

En un mundo en crisis, estamos llamados a navegar las incertidumbres que nos rodean y constituyen. Para descubrir cómo hacerlo yo me detengo, para cuestionar(me) y para reflexionar(me). ¿Para qué? Para descubrir nuevas formas de vivir que huelan más a amor y a armonía, que a malestar y a desesperanza. Varias formas de vivir, humildemente, me parece que merecen extinguirse. Encontrar esas formas buenas y bellas es algo en lo que varios andamos y para eso necesitamos pistas, que vienen en la forma de invitaciones a prestar atención a cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás (que es una y la misma cosa); en especial cuando sufrimos. La vida nos sopla pistas. Nos necesitamos para escucharlas.

Las crisis nos ofrecen la oportunidad de crear. Así es como nació el taller de encuentro con la compasión “La mujer y el río” el año 2020 y este 2022 nació “PISTAS COMPASIVAS, para hacer las paces contigo”, este programa personalizado de 12 encuentros que co-creé gracias a la compañía compasiva de unas colegas y a la confianza de la primera persona que participó de la primera experiencia,  porque ella misma fue quien, movida por los latidos de la sabiduría de su corazón, me animó a hacer realidad un sueño que venía gestándose en mí.

En mis casi 50 años sufriendo y acompañando el sufrimiento de otros, conocer de cerca la fuerza de la compasión dejó un cambio de sentido profundo en mí. Poner a la compasión al centro de mi vida me ayuda a regular mis autoexigencias, a conocer y suavizar mi autocrítica y a tratarme con mayor sabiduría. Por esa razón, después de muchos años trabajando psicoterapéuticamente con “mis” pacientes desde el enfoque psicoanalítico, decidí aceptar que entrara aire fresco a mi consulta y formarme como terapeuta centrada en la compasión. Mucho de lo bueno y bello entró con ese aire compasivo a mi vida.

Hasta que no me encontré con la compasión, no sabía que andaba buscando formas más amables de relacionarme con el sufrimiento. Tampoco sabía que centrarme en la amabilidad, en vez de la amenaza que puede generar la neutralidad, contribuye a aliviarlo. Me enamoré tanto de esta motivación humana, que todos tenemos, por aliviar y prevenir nuestros sufrimientos, que comencé a ponerla no solo al centro de mi trabajo con mis pacientes, sino también en mi trabajo con mis colegas y en mi relación con mi entorno. Así fui observando que iban apareciendo pistas concretas que me ayudaban a darle un nuevo sentido al sufrimiento, a reconocer que sufrir es noble, a sufrir mejor, a sufrir menos, a evitar sufrimientos y a transformarme en una persona que se cae mejor. Y cuando digo “que se cae mejor”, me refiero a un doble sentido. Por una parte, sigo cayéndome, soy falible y humana. Seguiré haciéndolo hasta el día de mi muerte. Tan solo sucede que cuando me caigo, me daño, me culpo y me recrimino menos. Mucho menos que antes. Y, por otra parte, me caigo mejor en el sentido que, amablemente y sin juicio, me quiero más a mí misma.

Caerme mejor es el tesoro que la compasión trajo a mi vida

Entonces surgió en mi vida la intención de compartir estas valiosas experiencias y pistas no solo con mis pacientes, sino también con personas que se encuentren en una búsqueda profunda por un buen vivir y que en su corazón intuyen que esto parte por dentro. Porque si bien es cierto que gran parte de las crisis que habitamos son complejas y sistémicas, y  que hay mucho que no depende de nosotros; como dijo una querida colega
“…hay muchas piezas en juego, pero soy la única que puedo mover”.

El programa “PISTAS COMPASIVAS, para hacer las paces contigo” es un llamado a quienes recuerdan que cada uno tiene en sus manos una responsabilidad hacia dentro, hacia la forma en que se tratan, en especial cuando están sufriendo; personas perfeccionistas que creen que es posible pasar de una autocrítica destructiva a una comprensión constructiva y que quieren probar cómo hacerlo, que presienten que el autocuidado y el cuidado de otros requiere fijar límites y necesitan resolver cómo ponerlos sin sentirse egoístas o agresivos. Si eres de esas personas, este programa estará esperándote. ¡Bienvenida tu intención de vivir más bella y buena-mente! No la pierdas de vista. Manténla cerquita tuyo.

A veces cuando sufrimos nos sentimos perdidos. Cuando nos encontramos con una persona, o un animal, o un libro, o un bosque, o una oración, o un mantra, o un terapeuta,  que nos acompaña a entender las causas de nuestro sufrimiento y nos ayuda a ver qué podemos hacer para sufrir menos y mejor, ahí es cuando nos encontramos con el tesoro de la compasión.

Esa persona puedes ser tú para ti, cuando cuentas con pistas que te encaminen hacia el tesoro. Quiero ayudarte en eso, ofrecer un espacio seguro, cálido y cuidadoso, para que miremos con delicadeza y respeto cómo es que sufres, qué haces cuando intentas aliviar tus sufrimientos y los de otros, cómo te va con esos intentos, de qué forma tus emociones influyen sobre tu sufrimiento, qué creencias tuyas y de nuestra cultura pueden entorpecer que alivies y prevengas tus sufrimientos. En definitiva, cómo integrar la fuerza de la amabilidad y la sabiduría a tu vida.

Te invito a que hagamos un recorrido que incluye 12 sesiones de conversaciones, canciones, material psicoeducativo, tareas (si tú quieres), poemas, ejercicios de mindfulness (atención plena), escalas para apreciar cómo está tu compasión. De estas formas podremos descubrir cuáles son las pistas que te ayudan a encaminarte a poner la compasión al centro de tu vida. Así, al final del programa podrás llevarte tu propio mapa, como hoja de ruta hecha a tu medida, para continuar tu búsqueda de una vida buena y bella, conociéndote un poquito más de cerca y más en paz contigo. Porque sabemos que toda revolución importante parte en la conciencia sobre uno mismo. Y necesitamos varias para caernos mejor.

Estoy muy contenta de ofrecer este programa, recién salido del horno, en el que estoy poniendo parte de los sueños de mi corazón por servir a la intención de construir el mundo más bueno y bello que sabe que es posible, porque he visto los efectos en mis pacientes cuando hemos ido armando sus mapas de pistas, porque he visto los resultados en mí, en base a mi propio mapa y porque he visto los resultados en la primera persona que hizo las pistas.

Para más detalles de las PISTAS COMPASIVAS, puedes escribirme un correo a macarenakolubakin@gmail.com. Como todo lo nuevo nace pequeño y requiere cuidado, son poquitos cupos. Cualquier duda que tengas estaré feliz de aclararla.

Y para terminar, además de agradecerte sinceramente tu atención, si llegaste hasta aquí asumo que te conmueve el sufrimiento y te mueve la compasión; te dejo dos pistas mías de regalo.

La primera:
comienza por hacerle caso a tu sonrisa

La segunda:
para conservar la conciencia, la cordura y la calma en tiempos de crisis,
mantener el corazón abierto ayuda.

Como canta la chilena Francesca Ancarola: “… es que hay mucho que perder con el corazón cerrado”.

RE – unión

Como música de fondo, me acompaña la muerte (que no es) del maestro budista Zen Thich Nhat Hanh y el sueño, de todos quienes nos hemos sentido conmovidos por su legado, de encarnar sus enseñanzas. El buen amigo Charles Eisenstein es uno de ellos. Mis compañeros de la Sangha Mudita (que significa alegría) también. Y tantos más con quienes me siento unida desde que la conmoción que me dejó mi país estallado, me llevó a conocer de cerca lo que es una Sangha: comunidad de práctica y de aprendizaje budista.

Una de las enseñanzas del maestro Zen, tan compleja como simple, es la realidad del “interser”. El término fue acuñado por él. La noción misma viene dándose con distintos nombres, en distintos tiempos y distintos pueblos: no somos, sino que intersomos. Ó “entresomos”, como le escuché a alguien decir hace poco. No estamos separados, creerlo es una de las ilusiones que portamos en nuestra cultura. No podemos ser, ni estar, si somos o estamos separados. Así de simple. Confieso que la noción me atrae e intriga más de lo que la comprendo. Más bien es mi mente la que lidia con el intento de comprender. Porque algo muy distinto es lo que le ocurre a mi corazón y a su sabiduría. Por ella circula un cableado distinto, que vibra al unísono con esa forma de interser que el maestro Zen promueve. Mi corazón y su sabiduría (a los que estoy escuchando bastante más seguido últimamente) comprende el interser desde el espacio de la intuición, desde esa intuición que intersomos; probablemente de esa misma intuición que te une a mí y que me une a ti, sin siquiera preguntárnoslo.

Cuando escribo esto, llevamos dos años de lo que llaman “pandemia”. Años muy distintos. El primero traté de entender lo que pasaba. De ahí nació mi intención de aportar algo de conciencia, de cordura y de calma, principalmente a mí misma y a los demás. Necesitábamos y seguimos necesitando ponerlas al servicio de la megacrisis que transitamos.

Fiel al clima de confinamiento declarado durante el primer año, logré confinarme dentro de mis convicciones y opciones, libre y soberana, como algunos le llaman. No ocurrió lo mismo al año siguiente. Como solo existen los paraísos que se pierden, lo que partió siendo un irrestricto compromiso con mis propios sentidos y no con el sentido común, mutó hacia una solución de compromiso, de esas que provocan malestar en la cultura, a la vez que permiten sobrevivirla y sobrellevarla.

Fue por amor que cambié y accedí a tomar decisiones que, de vivir independiente (otra ilusión a desterrar) jamás habría accedido. Por amor a personas importantes de mi vida concedía espacio a lo que me había estado resistiendo A lo que no compartía, ni comparto.

Las razones de mi corazón sobrevolaron las razones y sinrazones que mi mente leía a mi alrededor. Y entre tanto sinsentido, sus latidos fuertes y claros dieron voz al cambio.

El amor a ellos no me hizo cambiar de opinión. El amor de ellos no juzgó mis opiniones como yo no juzgué las suyas. Lo que sí hizo el amor fue que yo cediera, libre, soberana e interdependientemente. Y eso es un cambio y uno importante cuando se trata del bienestar en la familia. Reconozco que algo de amargo igual quedó. Hay un resto, siempre, de mayor o menor malestar en nuestra cultura y en nuestras familias. Por eso necesitamos mucha compasión y amor verdadero para aliviar el sufrimiento que trae aparejado el interser humanos.

El cambio anterior fue por pura compasión a ellos. El siguiente fue por pura compasión hacia mí.

La autocompasión, sobre la cual tanto nos detenemos con “mis” pacientes, me tocaba encarnarla conmigo misma. A pesar de mi deseo por participar en una actividad que sí me hacía todo el sentido del mundo, decidí desistir porque ceder a los requisitos sanitarios para participar me haría sufrir. Así es que, amablemente y sin juzgarme, decidí aceptar que ciertas condiciones activan las ansiedades y rabias de mis propios remolinos emocionales.

Vengo aprendiendo, Mudita y maestro Thay mediante, que no hay camino a la felicidad, que la felicidad está aquí y ahora, cuando alejo los problemas. Decidí cambiar para alejarme (d)el problema. Por puro amor a mí misma y a mis humanas sensibilidades. Sin prisa y sin culpa.

Ahora que reparo en estos cambios compasivos, hacia mi familia primero y hacia mí misma después, puedo reconocer la influencia de aquellos con los que compartí el 2020 y el 2021. Gracias al interser fue que, sin lugar a dudas, tuve la claridad para aplicar la autocompasión y la compasión a otros. Si no fuera por todas esas conversaciones amorosas y escuchas profundas en las que participé, en distintos ámbitos de los que elijo formar parte y que me forman (pareja, familia, gata, pacientes, aceites esenciales, compañeras de trabajo, amigas, libros, música, mantras, vientos, mirlos, etc) de seguro hubiera terminado sufriendo y haciendo sufrir. Que es lo que menos quiero.

Entonces, está claro que pensamos distinto. Que interseamos no significa que pensaremos igual, ni que estaremos de acuerdo. Pensamos distinto entre nosotros e incluso dentro de nosotros mismos. Humildemente, me parece que volver a pasarlo por el corazón es importante para aliviar y prevenir nuestro sufrimiento. Tanto así como volver a pasar por el corazón mi ya clásica promoción de los límites. (Recordando a una persona que se hacía llamar fallatólogo, por su defensa del derecho de fallar; tal vez comience a promocionarme a mí misma como limitóloga, por mi defensa del derecho de poner límites) Porque claro, intersomos todos, pero de modos bien distintos. Unos que alivian y otros que provocan sufrimiento; a otros y a nosotros mismos. Por eso necesitamos los límites, porque son ellos los que nos permiten, como aprendí de la forma en que una mujer los definió bellamente, crear la distancia justa para amarnos a nosotros mismos y al otro simultáneamente. No sólo amar a los otros, ni sólo amarnos a nosotros mismos. A ambos. Y al mismo tiempo. He ahí la maravilla mágica de los límites compasivos! Arriba su existencia!!!!!!!

Cuando pensamos distinto sobre temas que nos importan, el polarizarnos, separamos, dividimos, enjuiciarnos, acusarnos, culparnos, sea a otros o a nosotros mismos (que es lo mismo: intersomos, guiña Thay a mi lado) solo trae sufrimiento o ahonda el que ya está. Por lo demás, al dividirnos solo uno vence. Y el otro pierde. Hay una fórmula distinta. En vez de que uno gana, todos ganamos. ¿Se acuerdan? En vez de separarnos, unirnos. Más bien reunirnos, o RE-unirnos. Lo escribo con un mayúsculo “RE” que nos recuerde que ya estamos unidos, que unidos hemos estado y hemos sido siempre. Sucede que lo olvidamos. Afortunadamente, algunas personas y algunas crisis se encargan de hacer que nuestro corazón vuelva a latir en su frecuencia. Y algunos soñamos con los mundos alternativos que desde ahí pueden emerger.

Para terminar, quiero compartirte algo. Es una traducción libre de la última publicación de mi amigo Charles -que publica en inglés- a propósito de algunas de las esenciales oportunidades que esta crisis cultural en la que estamos nos deja de regalo. Que sepamos atesorarlas y hacerles justicia es mi deseo.

Muchas gracias por tu atención y que también en tu vida sobrevuelen las razones del corazón y su sabiduría a la hora de mirarte al espejo que está frente a tu rostro y al espejo que es el otro frente a ti.

Reunión

Charles Eisenstein, publicado 7 febrero 2022

Leí una historia el otro día sobre una pareja en Alemania. Habían disfrutado de un matrimonio armonioso durante más de 20 años hasta la época del Covid, cuando cada uno adoptó creencias directamente opuestas al otro. Sus discusiones se volvieron cada vez más violentas, hasta que el año pasado se separaron.

Antes de caracterizar brevemente sus puntos de vista, le pido al lector que tome un respiro y se prepare para notar de qué partido puede ponerse reflexivamente y cómo espera que termine la historia.

El esposo rechazó la narrativa dominante de Covid. Llegó a creer que todo era una “plandemia” iniciada deliberadamente para imponer un control totalitario global. Llegó a creer que las cifras de muertes eran exageradas, que las máscaras no otorgaban ningún beneficio y que las vacunas eran ineficaces e inseguras.

La esposa tenía puntos de vista convencionales. Ella creía que no solo era prudente cumplir estrictamente con todas las medidas de salud pública para su propia protección, sino que también era moralmente imperativo hacerlo para la protección de los demás. Ella confiaba en la integridad de las instituciones científicas, las agencias de salud pública y los medios de comunicación. Ella creía que las vacunas eran un triunfo de la ciencia. La vacunaron y la reforzaron, y estaba profundamente perturbada por la negativa de su esposo a hacerlo, temiendo que la infectara y enojada porque estaba poniendo a otros en riesgo. Por tanto, fue ella quien inició el divorcio.

Hoy la pareja vuelve a estar junta.

¿No te gustaría escuchar que uno de ellos (con el que no estás de acuerdo) vio el error de sus caminos y finalmente llegó a la verdad? Mi uso del tiempo pasado al contar la historia (“ella creyó”, “él creyó”) sugiere que eso fue lo que sucedió. Y no sería maravilloso si, en una escala mayor, todas esas personas equivocadas finalmente vieran la luz y abandonaran sus engaños. Entonces podríamos avanzar juntos en armonía.

Esas serían buenas noticias, pero tengo aún mejores noticias. Eso no es lo que pasó. De hecho, ninguno de los dos ha cambiado de opinión.

Ahora, ¿por qué serían buenas noticias? ¿No sería mejor que las personas que toleraron, apoyaron y alentaron tanto mal vieran su error? ¿No deberían tener que disculparse o quedarse fuera de la casa?

Nótese bien: no me estoy entregando al ismo de ambos lados o diciendo que la verdad se encuentra en algún lugar entre los dos polos. He dejado claras mis opiniones sobre los problemas de Covid para que todos la vean . Además, creo que es importante que aprendamos de nuestros errores, retiremos de los puestos de confianza a quienes han abusado de ella y reformemos o eliminemos los sistemas que permiten que el daño continúe. Y sí, por supuesto que quiero que cambien las creencias subyacentes a esos sistemas, y seguiré trabajando para lograr ese objetivo. Sin embargo, hay algo que viene antes de todo eso.

La pareja volvió a estar junta porque eligieron poner el amor por encima de sus desacuerdos.

¿Damos la bienvenida, como ellos, a aquellos que ocupan un universo de creencias diferente de nuevo en la familia?

Aquí hay una cosa que debería ser obvia: las personas decentes y compasivas predominan en todos los lados de las guerras de Covid. A pesar de las caricaturas de lo contrario, la mayoría de los partidarios de las vacunas no son ovejas estupefactas, y la mayoría de los escépticos de las vacunas no son ignorantes. Entra en cada uno de esos universos (convencionales y disidente) y parece casi inconcebible que una persona inteligente y moral pueda ocupar el otro; sin embargo, es así.

Aquí hay una paradoja: cuando ponemos el amor primero y degradamos a una prioridad más baja hacer que la otra parte cambie de opinión, es más probable que la otra parte cambie de opinión. Hacerlo ya no se convierte en un acto de capitulación y sumisión. La dignidad de uno no necesita acompañar las opiniones de uno en el plato del sacrificio. El argumento deja de ser un concurso de voluntades o una lucha por la dominación.

Esto es especialmente importante porque, en un concurso de voluntades, el resultado más probable es el compromiso. La pandemia se habrá desperdiciado si el resultado es un nuevo statu quo en algún lugar entre la normalidad pre-Covid y la nueva normalidad del autoritarismo tecno-fármaco-político-corporativo. Así que, por favor, no me malinterprete en el sentido de que simplemente olvidamos que todo esto sucedió. Hay errores profundos que corregir. Covid ha puesto al descubierto los mecanismos del poder abusivo, nos mostró la dirección en la que nos dirigíamos y reveló males sociales latentes que ahora pueden curarse.

Se acerca un gran ajuste de cuentas. Sin embargo, tengamos presente el objetivo final al que servimos: dar la bienvenida a todos como miembros divinos de la familia humana. Puede haber conflictos en el camino, pero debemos reconocer que la victoria en un conflicto nunca es la solución final. Tampoco podemos servir a nuestro verdadero objetivo deshumanizando temporalmente al enemigo como una táctica de guerra, con la idea de rehumanizarlo después de que la victoria sea nuestra. No. La forma en que nos comportamos ahora prefigura el futuro que será.

Estoy seguro de que cada uno de la pareja alemana tiene mucho que perdonar al otro. Así es también en nuestra sociedad. Muchas personas han hecho mal a otros. Sin embargo, tener creencias equivocadas no está entre esas fechorías.

Que los siguientes no sean meras consignas espirituales. Sea real lo siguiente:

Damos una amorosa bienvenida a nuestros hermanos y hermanas humanos.

Ponemos la sanación por encima de la victoria.

Anteponemos el reencuentro a la vengaza.

No permitimos que nadie viole la dignidad y la soberanía de los demás. Y no odiaremos a nadie por haber hecho eso.

Insistiremos en que cesen las fechorías. ¡DETENER! Y no le exigiremos a nadie que admita que ha hecho algo malo.

Sacaremos del poder a aquellos que han abusado de nuestra confianza y limpiaremos la corrupción de los sistemas de poder. Y no castigaremos a los abusadores.

Este último es el más difícil de aceptar para la mayoría de la gente. Lo digo porque preveo tan claro como el sol naciente una elección que se nos acerca. Algún día tendremos que elegir entre la satisfacción del castigo y hacer cesar el mal. Puede parecer que esos dos son a menudo lo mismo: disuasión, dar ejemplo y todo eso, pero no siempre son lo mismo, y algún día cada uno de nosotros tendrá que elegir a cuál servir. ¿Cómo es la justicia, divorciada del castigo? ¿Cómo es la rendición de cuentas, separada de las recompensas y las sanciones? ¿Cómo se ve la disculpa, distinta de la sumisión? Estas son las preguntas que deben cobrar vida si queremos reagrupar a la familia humana.

Pd. La foto que acompaña la publicación es obra del artista Jon Foreman y la elegí porque me cuenta que todos podemos interser juntos, tan solo necesitamos hacer algunos ajustes.

Abierto

Esta publicación la estoy haciendo desde el tiempo y el lugar en los que decido cerrar la consulta y descansar. Muchos años deseé estar yo también cerrada al mundo exterior (como si eso fuese posible) durante este tiempo. Este año estoy en ayuno de medios, lo que refuerza la opción de seguir siendo antena a lo que viene hasta mi orilla. Y este video que recibí, al estar tan alineado al mantra que (me) dice “abre tu corazón” que vengo cantando hace un buen rato cada tarde al meditar, pues no pude sino venir a compartirlo. Así es que, en vez de estar, o saberme, o disponerme, cerrada por vacaciones, elijo estar abierta. Y seguir, así, recibiendo y disfrutando juntos. Por ende, en esta ocasión, dejo una invitación a detenernos a escuchar la sabiduría de una mujer, de esas grandes, que (me) conmueven y que (me) hacen agradecer pertenecer a esta especie de seres falibles, dolientes y resilientes que somos. Puedes ponerle subtítulos en español.

Que lo disfrutes!

La fotografía que acompaña esta publicación la encontré en un sitio canadiense de Land art for kids.

Ayuno de medios

Un buen “amigo” me propuso, nuevamente, hacer un ayuno de medios.

La verdad es que es tan bueno, el amigo y el ayuno, que acepté feliz la invitación.

Además viene regio para épocas de descanso/vacaciones.

Como su elocuencia y lucidez son parte de las razones por las que leo con atención y c/alma lo que él comparte, vengo a dejar sus palabras traducidas (escribe en inglés el amigo) para que tú puedas recibir, directamente de él, algunas de las motivaciones y sentidos de hacer un ayuno de medios; y algunos de sus probables resultados.

Por razones un poco obvias, te las comparto por este medio, ilusionada de que aceptes también la invitación. Este medio, me parece que queda justo al medio entre una radical retirada y una absoluta inmersión. Y esos puntos medios, algunos lo andamos buscando.

Gracias por tu intención de abrir espacios a la compasión en tu vida, que es la tuya y la de todos al mismo tiempo.

La necesitamos tanto.

Te necesitamos tanto.

Nos necesitamos tanto.

Gracias también por tu atención y lectura atenta de esta publicación.

Salud(os)!

¿Quieres unirte a mí en un ayuno de noticias?

Charles Eisenstein, publicado 16 enero 2022

Es hora de que haga un ayuno de noticias. Eso significa un descanso completo de la lectura de cualquier sitio de noticias, incluidos los diversos canales de redes sociales donde obtengo muchas de mis noticias.
¿Quiere unirse a mí? Te diré algunas de las razones por las que hago esto de vez en cuando, y por qué estoy empezando uno ahora mismo.
 
 (1) Cualquier cosa puede ser adictiva si pretende satisfacer una necesidad real, pero la deja insatisfecha mientras intensifica la necesidad. Tengo la necesidad de tomar medidas para hacer algo sobre el estado del mundo. Bueno, últimamente me doy cuenta de que, en lugar de tomar medidas, leo al respecto. Cuando me complazco en mi rabia e indignación, parece que estoy haciendo algo. estoy preocupado Me siento apasionado. Pero todo lo que he logrado es leer el canal de Telegram de tal y tal. Sí, está bien, ahora estoy "informado", pero ¿y qué?
Eso no quiere decir que estar informado sea inútil. Pero si todo lo que hago es mantenerme informado, en realidad no estoy haciendo nada en absoluto. Puedo decirme a mí mismo que necesito estar informado como ciudadano y especialmente como escritor; sin embargo, la mayor parte de la información tampoco sirve. Simplemente presiona los mismos botones emocionales una y otra vez en mi amígdala hinchada.
 
2) Ayuno de las noticias por la misma razón que algunas personas ayunan de la comida. Los órganos digestivos se cansan y obstruyen si nunca tienen un descanso. Cuando cesa la digestión, el cuerpo puede movilizar sus recursos para eliminar los desechos metabólicos, desintoxicar las células y restablecer el metabolismo. Bien, he estado asimilando demasiada información, más de la que puedo digerir eficientemente. Mis órganos mentales de digestión se han obstruido con información parcialmente digerida. Un descanso de las noticias me permite despejar mi mente.
(3) La mayoría de las noticias que leo tratan sobre ciertos temas controvertidos que están en la primera línea de la atención pública, especialmente de quienes las producen y propagan. Estas fuentes pueden oponerse diametralmente entre sí en sus opiniones, pero conspiran en un acuerdo tácito sobre cuáles son "los problemas". Están de acuerdo en que estos son los que merecen nuestra atención. Pueden estar violentamente en desacuerdo con las respuestas, pero están de acuerdo con las preguntas. Cuando leo las noticias, acepto poner mi mente ahí. Compro una cierta suposición sobre qué conversación tener.
 
¿Qué queda fuera de esa suposición? Tal vez hay otras cosas importantes que suceden en la vida y en el mundo que nadie considera de interés periodístico. ¿Qué preguntas he estado ignorando bajo la hipnosis de los medios? No puedo sintonizarme fácilmente con ellas si las noticias obstruyen mis órganos de percepción. Cuando leo muchas noticias pienso en los mismos viejos pensamientos y noto las mismas viejas cosas. Otras formas de ver, pensar y conocer se atrofian. Es hora de que los revitalice.
 
 (4) La información específica en las noticias cambia todo el tiempo, pero incluso si uno absorbe las noticias desde múltiples perspectivas, muchos de los motivos básicos siguen siendo los mismos. El motivo de la crisis, de la culpa, de nosotros contra ellos, del bien contra el mal, de los ganadores y los perdedores, de los inteligentes y los estúpidos, de los bien informados y los ignorantes… Cuando leo demasiadas noticias sin descanso, estos motivos se graban en mi cerebro y me vuelvo menos capaz de operar fuera de ellos. Incluso cuando estoy consciente de ellos, viven dentro de mí y colorean mis percepciones. Empiezo a ver el mundo a su manera.
(5) Cuando leo demasiadas noticias, me siento frente a mi computadora e interactúo menos con seres humanos reales, entonces empiezo a ver a los seres humanos, y al mundo, como los representan las noticias. Se convierten en ocupantes de las categorías y roles que los medios definen. Se podría decir que se vuelven mediatizados. Absorbidos por los medios. Conozco a alguien y me pregunto a qué categoría de humano definida por los medios pertenece. Estas categorías pueden ser reales y útiles, pero no cuando abruman todas las demás formas de conocer a alguien. Cuando rompo con los medios de comunicación, estas categorías comienzan a desvanecerse y recupero formas más humanas, íntimas, directas de relacionarme con los demás.
También recupero mi visión de la belleza de este mundo, todavía majestuoso a pesar de lo asaltado que se encuentra. A pesar de todo el horror, la alegría supera con creces el sufrimiento. Me lo recordó hoy una enorme bandada de gansos cantando exuberantemente mientras volaban hacia el sur. ¿Por qué están constantemente llamando en lugar de conservar su energía para volar? Tal vez haya una explicación “científica” (algo sobre el orden de dominación o los ajustes aerodinámicos de la bandada), pero en ese momento supe, pude escucharlo claramente, que estaban llamando por un exceso de fuerza vital, por la alegría incontenible de estar vivo. , como un niño gritando “¡Yee-haw! ¡Yippee!” mientras juega en las olas. Ese es el tipo de información que la inmersión en los medios de comunicación excluye de mi campo. Cuando paso demasiado tiempo sin ese alimento, me vuelvo tan amargo como los medios de comunicación. No es suficiente cambiar a fuentes más "positivas" y solo leer sobre belleza. Necesito la cosa real.
No es que la belleza humana y natural presente un contraargumento al cinismo y pesimismo de los medios. Es más como un susurro silencioso que llega a cada célula y dice: “Esto también, esto también”.
Hablamos mucho de información. ¿Qué es la información, realmente? Es lo que entra y nos forma.
He realizado ayunos de noticias antes, de semanas a meses. Siempre han sido un reinicio potente. Y sabes qué, nunca me perdí nada importante. Estoy seguro de que esta vez si sucede algo verdaderamente trascendental, como un apocalipsis zombi, una toma de control de la IA, el desarme mundial, el microchip obligatorio de todos los humanos y sus mascotas, el Día del Juicio Final o el baby shower de Kylie Jenner, me enteraré de alguna manera.
También confesaré cierta sensación de inutilidad que me ha visitado repetidamente durante los últimos dos años. Cuando me comprometo con la calamidad social actual en los términos en que los medios la definen —incluidos, debo agregar, los medios alternativos— contribuyo a ese marco. Dentro de él, solo puedo sumar mi voz a un lado u otro. No hay nada intrínsecamente malo en tomar partido. A veces uno debe intervenir para detener el daño inmediato. Sin embargo, por lo general, y especialmente hoy en día, eso no es todo lo que debe hacerse. Tomar partido ignora el origen del conflicto y todo lo que es invisible a través de su lente. ¿Cuáles son los supuestos que ambas partes aceptan? ¿Cuáles son las preguntas que ninguna de las partes hace? Para verlos claramente, a veces tengo que salirme de todo.
 
Probablemente sea una buena práctica para cualquier persona que comenta sobre temas de actualidad el salirse a veces de los temas de actualidad. Por lo tanto, me abstendré de comentar sobre ellos mientras dure mi ayuno. Quizás al final tenga algo nuevo que decir.
No estoy seguro de cuánto tiempo será. Podría ser una semana o dos, podría ser más. Como en un ayuno de alimentos, en lugar de establecer un límite de tiempo, prefiero confiar en las señales de mi cuerpo. Con atención, uno puede sentir cuando se completa un proceso de reinicio. Mientras tanto, compartiré con ustedes otras ideas que se vuelven audibles en el silencio. Cualquiera que quiera unirse a mí en mi ayuno de noticias puede seguir leyendo este blog. ¡Prometo no escribir nada de interés periodístico!

Fuente:

https://charleseisenstein.substack.com/p/wanna-join-me-in-a-news-fast?token=eyJ1c2VyX2lkIjo1MDkwMDczNSwicG9zdF9pZCI6NDcyMTczNDgsIl8iOiJjR0E5bSIsImlhdCI6MTY0MjQ0NTQzNiwiZXhwIjoxNjQyNDQ5MDM2LCJpc3MiOiJwdWItNDI3NDU1Iiwic3ViIjoicG9zdC1yZWFjdGlvbiJ9.0ld3o78EhJ5xaapC2Nai3bnGtCO7rWUnlcJkVVStPrA

Un abrazo de una hora

Una muy buena amiga, y colega, siempre dice que se siente una privilegiada por asistir a la magia que sucede en una sesión de psicoterapia. Acompañar a las personas en su sufrimiento, cuando tienen la intención de pedir ayuda para atravesarlos, sin duda que es uno de los regalos de la vida. Y como estamos en época de regalos, y como no existe vacuna para la pandemia de salud mental de la que pocos hablan, necesito compartir una historia contigo.

Pensándolo bien, para asistir a esa magia de la que habla mi amiga, no hace falta ser un psicólogo, o un doctor, o un chamán o un iluminado, o un experto en compasión. Afortunadamente esos no existen. Estoy segura que muchas personas han tenido en sus vidas ese privilegio. Saben a qué se refiere esa magia. Puede ser que tal vez no le hayan prestado suficiente atención. Puede que tú seas una de esas personas. Ya sea por la magia de ver cómo una persona que te importa atraviesa su sufrimiento o tal vez de haber vivido de primera mano la magia de haber atravesado tú uno de tus sufrimientos. He ido notando en el camino que las personas que nos acercamos a la compasión lo hacemos desde un lugar que parte de la relación que entablamos con nuestros propios sufrimientos. 

Si es tu caso, me tinca que puede ser que sí, quiero invitarte a prestarle atención a ese privilegio. ¿Cómo? A través de un pedacito de una sesión de psicoterapia de un paciente mío, que me conmovió profundamente en mi trabajo como terapeuta centrada en la compasión.

Es que, además de conmoverme, me recuerda que esa magia también la hacen las abuelas con sus nietos, los primos, los amigos, los profesores, los compañeros, los vecinos, las parejas, etcétera. Incluso puede ser el trabajo de una mascota con su compañero humano, del viento, de una nube y/o de un tordo por la mañana. De seguro tienes tus propias versiones.

De lo que se trata ese trabajo es de estar presente con el sufrimiento del otro. Ni más, ni menos. Puede que a la nube y al gato les resulte más fácil, porque suponemos que no tienen mente. En cambio nosotros tenemos que lidiar con nuestras mentes entrometidas en ese trabajo. Por eso a veces nos resulta muy difícil estar presentes con el sufrimiento, tanto propio como de los otros. Parece que primero necesitamos encontrar una manera de relacionarnos con nuestra mente, que nos permita avanzar hacia la compasión.

Sobran las ocasiones en las que, frente al sufrimiento, nos resulta mucho más fácil distraernos o pasar incluso a la violencia y la prepotencia. Nos cuesta mucho cultivar la valentía que requerimos para ser sensibles al sufrimiento y estar ahí presentes con todo lo que trae. Recordémoslo cuando nos detengamos a mirar cuánto sufrimiento nos rodea. Y hagámonos el regalo de regar juntos, un poquito, la semilla de humildad frente a nuestra humanidad compartida y sus desafíos actuales, en estos complejos tiempos que atravesamos.

La historia que te quiero compartir es la siguiente: se trata de una pareja joven, cada uno recibió un importante ascenso en su trabajo, ambos están muy contentos y orgullosos. Hasta que el ascenso de uno implica irse a vivir a otro país. A ambos les entusiasma la idea de irse y les entusiasma mucho. Sin embargo, ocurre que en el trabajo de uno de ellos, le piden que renuncie. A pesar de los beneficios que ha traído el teletrabajo, la empresa considera imposible continuar en esa modalidad desde ese otro país.

La noticia los sorprende e impacta. Por experiencias previas de separación entre ambos, por motivos de trabajo, esta vez no está en juego separarse. Se han comprometido a valorar la presencia del otro y el estar juntos.

“Macarena!!!!! Yo no sabía qué hacer viendo a mi pareja así de frustrada, apenada y desilusionada con la respuesta de su empresa” me dice mi paciente.

Por mi parte, escucho, guardo silencio y continuó escuchando.

Entonces, añade: “Lo único que atiné a hacer, fue a darle un abrazo. Estuvimos una hora abrazados en silencio”.

Un abrazo de una hora en silencio.

Lo escribo y vuelve a emocionarme. Me emociona imaginar ese abrazo de una hora. ¿Qué puede haber más honesto, humilde y humano que un abrazo de una hora en silencio, cuando te conmueve el sufrimiento de la persona que amas?

Puede que las palabras se queden cortas, pero el cuerpo siempre sabe decir lo que es esencial. Sin palabras concretas, esos abrazos transmiten el mensaje más importante y compasivo que existe en el universo: sé que estás sufriendo y estoy aquí contigo.

Así es que el silencio, como el tiempo, es relativo. Se trata de escuchar las señales, de rescatar eso esencial que se ve con el corazón, que se entrega con el corazón y que se recibe desde la ancestral sabiduría del corazón.

Esta (na)VIDA(d) me gustaría regalarme y regalar muchos de esos abrazos, genuinos y certeros, para que nunca nos hagan falta cuando los necesitemos.

Así como le dejábamos leche y galletas al viejo pascuero en el que ya no creemos, podríamos dejarnos abrazos de regalo, porque aún creemos en la magia de los regalos y en el incuestionable privilegio de entregarlos/recibirlos; que es una y la misma cosa, cierto?

Gracias por tu atención y tu intención de abrazar, amablemente y sin juicio, el sufrimiento que nos rodea. Sólo desde ese lugar nace el regalo del alivio que es genuino y brilla.

Pd1. La foto que acompaña esta publicación es un proyecto de microarquitectura que se llama “The walk”, de Bangkok Project Studio, 2020.

Pd2 Para colegas terapeutas:

Aprovecho de compartir la experiencia conmovedora que ha sido recibir y entregar abrazos reales, en vivo y en directo, con los pacientes, al despedirnos de algunas sesiones presenciales. Hay algo en la presencia real del cuerpo que es insustituible. Algo que se parece a un regalo.

ENTORNO

Verá usted, siempre me ha costado fin de año. Por tantas razones. Como los años, las canas y las arrugas bienvenidas dejan sus frutos, este fin de año he tomado algunas decisiones inspiradas en la intención de estar presente en mí. Algunas cuestiones quiero que dejen de enrabiarme y, otras, quiero que dejen de deprimirme (a veces son las mismas cuestiones). Estoy intentando ver qué hay detrás de ese abismo, saltar a él como dice un proverbio Zen.

Para eso necesito concentrarme y centrarme en todo aquello que es sólido, que forma parte de mi manada, aquello que me sostiene y contiene, que me consuela; en vez de distraerme, desequilibrarme y alinearme.

En un humilde compromiso de respeto con mi vulnerabilidad, veo que necesito abrir más espacio al silencio y a la presencia en (mi) cuerpo y alma. A pesar de los riesgos que creo reconocer, de desconexión virtual (o ritual), si es que existe esa posibilidad, dentro de mí un llamado es más fuerte por poner en primer plano lo real, la carne y el hueso, sin expectativas, publicidad ni marketing de por medio y, sobretodo, más viento: aire que circula libre.

Entonces, te lo cuento porque por una temporada dejaré estas ciber-latitudes. Prefiero pasar a segundo plano (no sólo en el celular, sino también en mi vida) las llamadas “redes sociales”, porque me distraen y enredan. Prefiero poner en primer plano aquello que me centra y me aclara. Ya tan cerca de los años sin cuenta, algunas ya sabemos bien cuál es el entorno que nos viene bien y en torno al cual somos más buenas y bellas.

Escribo esto con la doble intención de, primero, compartir(me) y, segundo, inspirarte a que le prestes atención a esa parte tuya que también lo sabe para ti y puedas regalarte hacer nido a su alrededor (que es probable que no sea un entorno mediado por los medios). Entre tú y tú misma(o), mientras menos haya mejor.

La obra es del artista Andy Goldsworthy

pd.1: Para contactarme siempre puedes ir a macarenakolubakin@gmail.com. Y, bueno, a pesar de mi deseo por prescindir de él y conservarlo sólo como aparato para escuchar música, puedes tratar también en el teléfono 56 9 76406864. A veces me demoro, pretendo demorarme más, pero respondo.

pd.2: Tengo una lista de difusión gratuita en la que te pueden llegar mis publicaciones directo a tu celular. Si quieres recibirlas ahí mándame un mensaje y te puedo sumar. Soltaré facebook e instagram por un rato. Después del periodo de ayuno que probé de esas redes, me doy cuenta que prefiero pescar en otro lado del mar.

¡Hasta la próxima!

Confianza radical

¿A qué te aferras cuando todo lo demás parece desmoronarse? ¿Hacia dónde te diriges cuando tu alrededor parece inhóspito? Si se te destiñe la esperanza, ¿a qué le prestas atención?

Dicen que la mega crisis actual que atravesamos –y que nos atraviesa- es una crisis de percepción. Que es algo así como la lectura que hacemos de las circunstancias en las que estamos. No son las circunstancias lo que nos trauma, sana o acuna; sino la forma en que las leemos. He ahí mi pasión y compasión por la palabra, ahora y siempre. El intercambio telepático no es lo mío. Lo mío son las palabras. De ellas me nutro, con ellas construyo el sentido del mundo en el que vivo.

Y en ese camino, me detengo a ratos a prestarle atención a mi respiración. Ella, mi respiración, no me lo pide. Ella sigue su curso, soy yo la que decido, a ratos, tomarla de la mano y acompañarla. A veces mi mente se aquieta cuando la acompaño. A veces no. Cuando se aquieta logro leer en ella, en mi respiración, cuestiones esenciales, primitivas, que en esta ocasión me animaron a compartirlas en una práctica guiada de mindfulness y compasión con las personas que me han comentado que practicar juntos les sirve y para quienes quieran, también, practicar por primera vez conmigo.

Al movimiento expansivo en el que me dejé embarcar por el primer año de la pandemia (probablemente de tan encuarentenada que estaba) le siguió un segundo año de pandemia hacia adentro. De tanta conciencia, cordura y calma que intenté cultivar ese año, nació una sostenida intención de refugio. A la luz, y a la sombra, de las actuales circunstancias –para ser exacta: a la luz y a la sombre del modo en que leo parte de las actuales circunstancias- me inclino al repliegue, a retraerme.

Quién sabe si me toca venir a agradecerte a ti, que estás ahora leyendo esto, que practicas conmigo, tu papel en ayudarme a permanecer presente –y relativa-mente disponible- cuando se despiertan en mi las ganas de retirarme a una cabaña en el bosque.

Así es que te dejo esta invitación a leer lo que te trae prestarle atención a tu respiración en estos tiempos. En una de esas te resuena la confianza radical que me trae a mí. O en una de esas descubres las tuyas. Sea cual sea lo que te haga sentido, deseo para ti te ofrezca las pistas a las cuales aferrarte, la dirección hacia dónde dirigirte y a lo cual prestarle atención este fin de año peculiar que estamos construyendo juntos.